Viajo, hago fotos y me lo paso teta

Ése podría ser perfectamente el nombre de mi biografía. De hecho, esta foto sería la portada, porque es el reflejo de lo que suele ser mi vida.

Estoy por ahí perdido, tengo una cámara en la mano y me estoy partiendo la caja.

Cliché de fotógrafo de viajes.

Aunque no siempre ha sido así. Lo de ser mi propio jefe y mandarme a mí mismo a trabajos fuera es relativamente nuevo.

Antes era lo que llamo un bohemio de la fotografía. Decía en muchos sitios que esto era mi pasión, lo ilustraba con fotos en blanco y negro y sólo podía imaginar el vivir de ella.

Pero a la hora de la verdad estaba en una oficina asqueado cogiendo el teléfono y picando código.

Hacer las cosas por amor al arte es una mierda.

Si has venido a esta página esperando ver lo larga que tengo la lista de clientes, los viajes que hago o lo increíblemente way que soy, te equivocas.

Eso lo hago en Instagram.

El amor al arte no me daba de comer

El problema de poner en práctica esta frase es que vendes tu culo por el arte que amas… y eso es algo que se lleva muy mal con vivir de él.

Porque sí, decir que la fotografía es tu pasión queda muy bohemio, pero no nos engañemos, cuando uno consigue que le paguen por hacer todo ese trabajo que antes hacía gratis, da mucho más gustito.

Así que, a finales de 2016 y sólo con unos pocos ahorros que conseguí del trabajo explotador que tenía y un plan meticulosamente elaborado en mi habitación, emprendí el viaje (fotógrafo de viajes, emprender el viaje. Guiño, guiño) que me hiciera rico o me hundiese en el intento.

No te voy a engañar y a decirte que lo conseguí a la primera y que debería ser portada de Forbes como emprendedor revelación del año.

El inicio fue jodido.

De hecho, tardé un par de años en asentar el proyecto, pulir todos los fallos y realmente conseguir que esto funcionase como quería.

Ésta es la base sobre la que gira todo lo que vas a encontrar aquí: aunque no lo veas, tú ya tienes una habilidad que puedes monetizar.

El trípode con el que conquisté el mundo

Bueno, tal vez el mundo es demasiado, pero ya tengo tu atención, y esto es una muestra de lo que se necesita.

Mi principal fallo fue pensar que con hacer buenas fotos ya era suficiente.

Por lógica aplastante los clientes tenían que llover porque, joder, ¿quién no quiere buenas fotos para su marca/negocio/producto?

Pues ya te lo digo yo: ni Peter.

Ya puedes tener el mejor producto del mundo que si los clientes no lo ven, no sirve de nada. Y ahí va la clave de esta pata: hasta que no eres lo suficientemente grande para tener visibilidad y que lleguen a ti, tienes que ir tú a por ellos.

Pues ya estaría; buen producto + visibilidad = éxito.

Hostión de nuevo.

Repetimos. Ya puedes tener el mejor producto del mundo y conseguir que te vean los posibles clientes, que si no sabes venderlo como toca, no sirve de nada.

Y aquí es donde entra en juego la tercera pata: hace falta una marca personal potente.

Esto no significa ponerte un nombre tipo Max Power (aunque molaría). En una marca personal entra la forma de comunicarte, la forma de vender tu producto, evidenciar la necesidad en el cliente, lo que representas…

Si hoy soy lo que soy es por haber puesto estos tres puntos en práctica y haberlos explotado a lo bestia.

Si esto te recuerda a algo, tú también puedes dejar la vida bohemia.

Tras años de ensayo, error y pulido, tengo el plan perfecto para que monetices tu amor al arte y empieces a ganar dinero aplicando el trípode con el que conquisté el mundo.

Ahora sí, lo que venías buscando en esta página: un poco sobre mí

La culpable de que viva en Turín
El primer encuentro con Kiba